Del Cielo a la Tierra

Mi Buenos Aires querido

Escribo desde una habitación en la calle Juncal, en el barrio de La Recoleta. Sacando cuentas, a vuelo de pájaro, este debe ser mi viaje número 56 a Buenos Aires.

Cuando por el trabajo de mi padre, debimos abandonar nuestra ciudad natal siendo yo una niña, se instaló la costumbre familiar de volver al terruño, a vistar a la parentela, dos veces al año.

Hoy, nada es lo que fue; la casona de mis abuelos maternos se convirtió en un loft, y sin embargo, mi amor por esta ciudad de calles y amigos entrañables no ha sufrido impacto.

Hay muchos que cruzan la frontera en busca del bife de chorizo, los shows tangueros y los espectáculos de la calle Corrientes. Nada más alejado de mi ritmo vital.

Aquí, una selección de mis lugares, poco o nada turísticos.

Desayunar en La Biela, en Quintana, cerca de la Iglesia Nuestra Señora del Pilar y del añoso gomero. Leer el diario, mirar a los parroquianos pasar, y tomar con espíritu cancino, café con medialunas.

Darse una vuelta por el Mercado de las Pulgas de Palermo Viejo. Ubicado en la esquina de las calles Niceto Vega y Dorrego. Abre todos los días, desde la mañana, y se puede cachurear de lo lindo.

Tomarse un helado en alguna de las muchas heladerías artesanales, herencia de los inmigrantes italianos.

Parada imperdible para quienes amamos los libros, es la Librería Ateneo Gran Splendid, en Santa Fe y Callao. Elegida por el periódico británico The Guardian, la segunda más linda del mundo, conserva la arquitectura original del teatro, y el esplendor de entonces, con la cúpula pintada, los balcones, la ornamentación intacta y hasta el telón de terciopelo. Para estar horas. Varios sillones repartidos permiten sentarse a leer cualquier libro sin obligación de comprarlo, tanto en lo que fuera el sitio de la platea como en los antiguos palcos. Hay restaurante y confitería.

Si te gusta la literatura esotérica, tu librería es Kier, también en calle Santa Fé.

Aunque los míos sí, personalmente no vibro ni un poco con la carne. Entonces, nunca dejamos de ir a una buena pizzería. Los Inmortales es muy buena, aunque la más modesta Guerrín, en la Avenida Corrientes desde 1932, es mi favorita. Un clásico es poner un trozo de mozzarella y aceitunas verdes sobre uno de fainá, hecha en base a harina de garbanzos, aceite de oliva, pimienta y sal. Una tradición venida con los inmigrantes genoveses a principios del siglo XX, que hasta hoy se conserva. Esta forma de comer se llama «Pizza a caballo» y es típicamente argentina.

Recorrer los Bosques de Palermo disfrutando las arboledas, lagos y rosedales.

Tomar el tren en la estaciòn Retiro rumbo a la localidad de Tigre. Disfrutar del viaje en tren y luego del pueblo y del Río de la Plata en su total magnitud.

Volver 120 años atrás tomando el té con masas finas en la Confitería Las Violetas, en Rivadavia equina Medrano, en el tradicional barrio de Almagro. Digna de una película de Luchino Visconti.

Finalmente, atravesar la Avenida del Libertador enfilando hacia  Puerto Madero, sin más propósito que tomarle el pulso a uno de los lugares más bonitos de la ciudad.

Bonus Track: ¿Tu primera vez? Cementerio de la Recoleta ¿Un museo? el Malba (Arte Latinoamericano) ¿Un mall? El Patio Bullrich ¿Un Restaurante? Caseros, en San Telmo o La Bisteca, en Puerto Madero ¿Vas con niños? El zoológico es maravilloso ¿Te gusta el diseño? Buenos Aires Design ¿Una tiendita encantadora? Ada B Objetos ¿Con frío? Pedir un submarino ¿Más de una semana? Cruzar en ferry hacia Colonia del Sacramento, Uruguay.

Me voy. Se acaba el tiempo de escribir. Hay que ir a hacer sagrado lo cotidiano y lo extraordinario.

 

 

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